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Ciencia y Tecnología·Curiosidades··4 min de lectura

Velcro: la historia del invento copiado a una planta

George de Mestral inventó el velcro en 1941 tras ver cómo los abrojos se pegaban a su perro. La historia del cierre que copió a la naturaleza.

Velcro: la historia del invento copiado a una planta

Cada vez que cierras un zapato de niño, ajustas una correa o abres el «rasss» de un bolsillo deportivo, estás usando un invento que nació de una molestia. El velcro no salió de un laboratorio ni de una pizarra llena de fórmulas: salió de una caminata por el campo y de la curiosidad de un ingeniero que se preguntó por qué unas semillas se le pegaban tan bien al pantalón. La respuesta llevaba millones de años escrita en una planta.

Una caminata por los Alpes suizos

Corría 1941 cuando George de Mestral, un ingeniero suizo nacido en 1907, volvía de cazar con su perro por las montañas del Jura. Al llegar a casa se encontró con lo de siempre tras una caminata por el monte: los pantalones y el pelaje del animal estaban cubiertos de abrojos, esas semillas espinosas de la planta llamada bardana (o lampazo) que se agarran a todo lo que pasa cerca.

La mayoría de la gente arranca los abrojos, refunfuña y los olvida. De Mestral hizo algo distinto: en vez de tirarlos, se llevó uno al microscopio. Lo que vio bajo la lente lo dejó fascinado.

El truco que la naturaleza ya había inventado

Aquella semilla molesta estaba cubierta de miles de ganchos diminutos, con la punta curvada como un anzuelo. Cada gancho se enganchaba en los pequeños lazos de las fibras de la ropa y en los rizos del pelo del perro. Ese era todo el secreto: ganchos contra lazos. Una vez enganchados, aguantaban tirones sorprendentes, pero bastaba un movimiento firme para separarlos sin romper nada, listos para volver a agarrarse.

La bardana llevaba millones de años usando ese mecanismo para que los animales dispersaran sus semillas por todo el territorio. De Mestral tuvo la ocurrencia genial: si la planta podía pegarse y despegarse una y otra vez, ¿por qué no fabricar un cierre que hiciera lo mismo? Fue un caso temprano y de manual de biomímesis, el arte de copiar soluciones que la naturaleza ya había resuelto, muy en la línea de tantos descubrimientos nacidos de la serendipia: encontrar algo valioso cuando buscabas —o mirabas— otra cosa.

Diez años para copiar a un abrojo

La idea era sencilla; hacerla realidad, no. De Mestral pasó cerca de una década de ensayo y error tratando de reproducir aquellos ganchos. Los expertos textiles a los que consultó pensaban que estaba loco. Sus primeras versiones en algodón funcionaban, pero el algodón se desgastaba enseguida: los ganchos se aplastaban tras unos pocos usos.

El material que lo cambió todo fue el nailon, entonces recién inventado. De Mestral descubrió que, si tejía el nailon bajo luz infrarroja, formaba ganchos duros y casi indestructibles que no se deformaban. Con la ayuda de un tejedor de Lyon y un fabricante de telares de Basilea, ideó además una máquina capaz de fabricar en serie las dos cintas: una con miles de ganchos y otra con miles de lazos. Cuando se presionaban una contra otra, se pegaban con el mismo «rasss» que hoy reconocemos al instante.

Velcro: un nombre hecho de terciopelo y ganchos

De Mestral patentó su cierre en 1955 (la patente estadounidense n.º 2.717.437, titulada sobriamente «Tejido tipo terciopelo y método para producirlo») y bautizó el invento —y su empresa— con una palabra inventada: Velcro, fusión de las francesas velours (terciopelo) y crochet (gancho). Como tantas marcas exitosas, el nombre acabó convirtiéndose en el término genérico con el que casi todos llamamos al producto, aunque «Velcro» siga siendo una marca registrada.

Hacia 1960 los telares ya producían el cierre en serie y empezaba su conquista del mundo. No fue inmediata: al principio se veía como algo barato y poco elegante, y tardó en ganarse un lugar. Es una historia de éxito lento parecida a la de otro invento nacido por accidente, el teflón de tu sartén, que también tardó décadas en encontrar su sitio.

Al espacio, pero sin el mito

Existe la creencia popular de que el velcro lo inventó la NASA. No es cierto: para cuando llegaron las misiones Apolo, el velcro ya existía desde hacía años. Lo que sí hizo la agencia espacial fue adoptarlo con entusiasmo. En gravedad cero, donde cualquier objeto suelto flota y se pierde, el velcro resultó ideal para fijar herramientas, instrumentos y bolsas a las paredes de las naves. Los astronautas del Apolo llegaron a llevar parches de velcro dentro del casco para poder rascarse la nariz, y bolsitas de comida sujetas con velcro para las largas caminatas espaciales.

El mismo malentendido rodea a otros materiales «espaciales» que en realidad ya existían antes, como el propio teflón. La verdad, en el caso del velcro, es más bonita que el mito: no lo diseñó una agencia con presupuesto millonario, sino un cazador suizo que se molestó en mirar de cerca lo que otros arrancaban y tiraban. La próxima vez que oigas ese «rasss» al abrir una correa, acuérdate del abrojo: la naturaleza ya lo había patentado mucho antes que nosotros. No es tan distinto de cómo un chocolate derretido nos enseñó cómo funciona un microondas.

Referencias

  1. «George de Mestral», Wikipedia: biografía del ingeniero suizo, la caminata de 1941, el desarrollo con nailon e infrarrojos y la patente de 1955. wikipedia.org
  2. «An Idea That Stuck: How George de Mestral Invented the VELCRO® Fastener», Velcro Companies: el relato oficial de la marca sobre el origen del cierre y su nombre. velcro.com
  3. «How a Swiss invention hooked the world», SWI swissinfo.ch: la década de ensayo y error, el tejedor de Lyon y la mecanización del proceso. swissinfo.ch
  4. «Myth: NASA invented Teflon and Velcro», The Naked Scientists: por qué la NASA no inventó el velcro, aunque lo popularizó en las misiones espaciales. thenakedscientists.com

¿Te gustan estas historias de inventos accidentales? Sigue con la historia del teflón y la palabra serendipia, o explora toda la sección de ciencia y tecnología.

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