Los programadores que regalaron imperios
Torvalds, Bellard, Hipp: escribieron el software sobre el que corre el mundo moderno, valía billones, y decidieron regalarlo. Estas son sus historias.

Un estudio de Harvard Business School intentó en 2024 ponerle precio a algo que no lo tiene: ¿cuánto valdría el software libre si hubiera que pagarlo? La respuesta del lado de la demanda fue 8,8 billones de dólares — con b de billón en español, millones de millones. Si el open source desapareciera mañana, las empresas del mundo gastarían 3,5 veces más en software del que ya compran. Y el dato más extraño del estudio: el 96% de ese valor lo creó apenas el 5% de los desarrolladores. Un puñado de personas escribió la infraestructura del planeta y la dejó en la puerta, gratis. Estas son tres de esas personas.
Linus Torvalds, o «solo un hobby»
El 25 de agosto de 1991, un estudiante finlandés de 21 años publicó en un foro de Usenet uno de los textos más célebres de la historia de la computación: «Hola a todos... estoy haciendo un sistema operativo (libre) (solo un hobby, no será grande y profesional...) para clones 386/486». Treinta y cinco años después, el hobby corre en los 500 supercomputadores más potentes del mundo — los 500, el 100% de la lista desde 2017—, en más de tres mil millones de dispositivos Android, y en la mayoría aplastante de los servidores de la nube; hasta en la nube de Microsoft más del 60% de las máquinas virtuales son Linux.
Y Linux ni siquiera es su único imperio regalado. En 2005, una crisis de licencias lo dejó sin la herramienta con que coordinaba el kernel, así que escribió una propia: según sus palabras, le tomó «unos 10 días hasta poder usarla». La llamó Git — «soy un bastardo egocéntrico y nombro todos mis proyectos por mí mismo: primero Linux, ahora git», bromeó, sabiendo que git es «idiota» en jerga británica. Hoy Git es el sistema sobre el que se escribe prácticamente todo el software del mundo. La ironía suprema: Microsoft —cuyo CEO llamó a Linux «un cáncer» en 2001— terminó comprando GitHub, una empresa construida encima de Git, por 7.500 millones de dólares en 2018. Es decir: pagó por una casa construida sobre el invento de Torvalds unas 150 veces más que toda la fortuna estimada del propio Torvalds, que vive de un buen salario de fundación y de unas acciones que le regalaron en los noventa. ¿Le duele? Sus entrevistas sugieren que no: «El dinero no es tan buen motivador. No une a la gente. Un proyecto común, eso sí motiva».
Fabrice Bellard, el hombre orquesta que no da entrevistas
Si Torvalds es el rostro público del software libre, el francés Fabrice Bellard es su leyenda invisible. A los 17 años, en 1989, escribió LZEXE —el compresor de programas que media generación de usuarios de MS-DOS usó sin saber de dónde salía— porque sus diskettes eran de 360K y no le alcanzaba el espacio; se lo pasó a unos amigos, alguien lo subió a un BBS, y se volvió famoso sin que él moviera un dedo. El patrón se repetiría toda su vida.
En el año 2000 creó, bajo seudónimo, FFmpeg: la navaja suiza del video digital. Está dentro de VLC, de Chrome, de Firefox, y es pieza estándar en las tuberías de video de YouTube y Netflix. Cada vez que usted reproduce un video en internet, hay una probabilidad altísima de que el código de Bellard esté trabajando en algún punto del trayecto. En 2003 creó QEMU, el emulador que se convirtió en compañero estándar de la virtualización Linux — uno de los cimientos sobre los que se construyó la computación en la nube. También escribió un compilador de C diminuto, un motor de JavaScript, y en 2009, por deporte, batió el récord mundial de dígitos de π —2,7 billones— con una PC de escritorio de menos de 3.000 dólares, destronando a supercomputadoras millonarias. En los foros de programadores se repite la misma broma: «Bellard es un equipo de cien personas que comparte un solo cuerpo». Él, mientras tanto, no tiene redes sociales, declina las entrevistas — cuando un periodista quiso perfilarlo en 2011, contestó cortésmente que prefería que hablara su código — y financia su libertad con Amarisoft, su empresa que mete una antena 4G/5G completa dentro de software.
Richard Hipp y la base de datos del buque de guerra
La tercera historia empieza en el lugar menos esperado: un destructor de la marina norteamericana. En 2000, Richard Hipp era contratista del software de control de daños del USS Oscar Austin — el sistema que, con tuberías rotas y el barco escorando, le dice a la tripulación qué válvulas cerrar. El programa dependía de una base de datos comercial cuyo servidor se caía a cada rato, y la pregunta de ingeniero harto que se hizo Hipp cambió la informática: «¿Y para qué necesitamos un servidor?». Así nació SQLite, una base de datos que vive en un simple archivo.
Hipp hizo entonces algo más radical que el open source: la donó al dominio público. Sin licencia, sin copyright, sin permiso que pedir. Hoy SQLite es, con holgura, el motor de bases de datos más desplegado de la historia: está en cada iPhone, cada Android, cada Mac, cada Windows, cada navegador, en el Airbus A350 y en misiones a Marte — la estimación oficial habla de más de un billón de bases de datos SQLite activas. ¿De qué vive su autor? De un modelo que le diseñó la propia industria: la jefa de Mozilla le dijo «lo estás haciendo todo mal, los desarrolladores deben mantener el control» y le armó un consorcio donde Apple, Google y compañía pagan membresías anuales por soporte prioritario. Y el detalle que retrata al personaje: prueba SQLite con el estándar de software de aviación de la FAA, con cobertura total de cada rama del código. «Cuando llegamos a ese punto», cuenta, «dejaron de llegar reportes de bugs desde Android. Simplemente funcionó de ahí en adelante».
La economía del regalo
La lista sigue: Daniel Stenberg mantiene desde su casa en Suecia curl, instalado unas 20.000 millones de veces en teléfonos, autos y consolas; Tim Berners-Lee convenció al CERN de poner la World Wide Web entera en dominio público el 30 de abril de 1993 — el documento legal más rentable jamás regalado—; y en el extremo del misterio, la fortuna de más de un millón de bitcoins atribuida a Satoshi Nakamoto sigue sin moverse desde 2010, decenas de miles de millones de dólares que su creador jamás ha tocado.
En este blog ya conocimos a Steven Pruitt, el hombre que ha editado un tercio de Wikipedia gratis, y a Mecenas, el romano que financiaba poetas. Estos programadores pertenecen a la misma estirpe, con una diferencia que todavía nos cuesta procesar: su mecenazgo no financió la cultura — la construyó. Torvalds dejó dicho el porqué hace años, y sigue siendo la mejor explicación disponible: «Los buenos programadores no programan porque esperen que les paguen, sino porque programar es divertido». El mundo moderno corre, literalmente, sobre el tiempo libre de gente que se estaba divirtiendo.
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