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Etimología·Historia·Curiosidades históricas··5 min de lectura

Pánico: el dios que aterraba a los pastores al mediodía

La palabra «pánico» viene del dios Pan, que aterraba a pastores y ejércitos con un miedo súbito y sin causa. Esta es la historia detrás del terror.

Pánico: el dios que aterraba a los pastores al mediodía

Cuando usted dice que le entró el pánico —esa oleada de miedo que llega de golpe, sin aviso y muchas veces sin motivo claro— está invocando, sin saberlo, a un dios muy concreto de la antigua Grecia. La palabra no viene de una raíz abstracta que signifique «miedo». Viene de un nombre propio: Pan, el dios mitad hombre y mitad cabra de los pastores, los bosques y los rebaños. Los griegos llamaban a ese terror repentino panikón deima, «el espanto de Pan», porque creían literalmente que era él quien lo enviaba. Casi tres mil años después, el dios sigue asustándonos cada vez que abrimos la boca.

El dios mitad cabra de los rebaños

Pan no era una divinidad de primera fila como Zeus o Atenea. Era un dios rústico y arcadio: cuernos, patas de cabra, barba desgreñada, siempre asociado a las montañas solitarias, a las cuevas y al ganado. Presidía los rebaños y la fertilidad, tocaba su flauta de cañas y perseguía ninfas por el bosque. Su nombre, por cierto, no significa «todo» —esa es una etimología popular antigua, un juego de palabras que ya hacía el Himno homérico a Pan—: los lingüistas modernos lo emparentan con una vieja raíz indoeuropea ligada al pasto y al acto de apacentar, la misma familia de la que salen «pastor» y «pasto». Pan era, ante todo, el guardián de los que cuidan animales.

Y como todo pastor sabe, la montaña solitaria no siempre es apacible. A veces, en el silencio absoluto de un valle vacío, un rebaño entero echa a correr de repente, sin depredador a la vista, arrastrado por un terror contagioso que no tiene causa. Los antiguos tenían una explicación perfecta para eso: había pasado Pan.

El terror del mediodía

La hora peligrosa era el mediodía. Mientras el sol caía a plomo y el campo enmudecía, Pan dormía la siesta, y ay del pastor que lo despertara. En el Idilio I del poeta Teócrito, un cabrero se niega a tocar la siringa a esa hora exacta con una advertencia escalofriante: no está permitido tocar al mediodía, «tememos a Pan, pues es entonces cuando, cansado de la caza, descansa; y es de genio agrio, y una cólera amarga se le sienta siempre en la nariz». El mediodía era su hora sagrada, y el silencio de la canícula, su templo. Interrumpirlo se pagaba con un miedo súbito e irracional que se apoderaba del cuerpo entero.

De ahí que el pánico, para los griegos, tuviera dos marcas de fábrica: llegaba de golpe y llegaba sin motivo. Esa es la firma exacta de lo que hoy la psicología llama ataque de pánico —una descarga de terror que aparece de la nada, sin amenaza real— y la lengua conservó el matiz con más fidelidad que nuestra memoria, igual que ocurrió con Narciso y el verdadero mito detrás de «narcisista».

El pánico que ganó una batalla

El miedo de Pan no se quedó en los rebaños: pasó a los campos de batalla. Cuando un ejército entero se desbandaba de noche, presa de un terror colectivo e inexplicable —ruidos en la oscuridad, sombras, la sensación de que algo invisible acechaba—, los griegos lo atribuían al dios. Y Pan, decían, sabía usar esa arma a favor de los suyos.

El episodio más famoso es la batalla de Maratón, en el 490 a. C. Según Heródoto, cuando los atenienses enviaron al corredor Filípides a Esparta a pedir ayuda contra los persas, el mensajero se topó en un monte de Arcadia con el propio Pan, que lo llamó por su nombre y le reprochó que los atenienses no le rindieran culto pese a lo mucho que los había ayudado. Los atenienses vencieron —y los persas huyeron en desbandada, presas del pánico— y, agradecidos, le consagraron a Pan una gruta bajo la Acrópolis con sacrificios anuales. El dios de los pastores se había ganado un templo en el corazón de la gran ciudad por hacer aquello que mejor sabía: sembrar el terror.

La ninfa que se volvió flauta

Un desvío etimológico de propina, porque el mito de Pan escondía más de una palabra. El instrumento que lo acompaña siempre —la flauta de cañas de tubos desiguales— nació, según Ovidio, de un amor frustrado. Pan perseguía a la ninfa Siringa, devota de Artemisa y decidida a no ser suya; acorralada a la orilla de un río, suplicó ayuda y fue transformada en un cañaveral justo cuando el dios creía atraparla. Al abrazar solo las cañas, el suspiro de Pan las hizo sonar, y de esa música improvisada cortó los tubos y fabricó su instrumento. Lo llamó siringa, con el nombre de la ninfa perdida. La misma raíz nos dio, siglos después, la palabra jeringa: el tubo hueco de la ninfa acabó, contra todo pronóstico, en la enfermería.

«El gran dios Pan ha muerto»

Y sin embargo, Pan tiene un final que ningún otro dios griego comparte: es el único que se dice que murió. Lo cuenta Plutarco en Sobre la decadencia de los oráculos. Durante el reinado de Tiberio, un barco cargado de pasajeros navegaba hacia Italia cuando, al caer el viento cerca de la isla de Paxos, una voz llamó tres veces al piloto egipcio, Tamo, y le ordenó: al pasar frente a Palodes, anuncia que «el gran dios Pan ha muerto». Tamo obedeció, y apenas pronunció las palabras estalló desde la costa un enorme lamento de muchas voces mezcladas, como de una multitud que llora.

La escena fascinó durante siglos. Los primeros cristianos la leyeron como el símbolo perfecto del fin del paganismo: los viejos dioses agonizando justo cuando nacía una fe nueva. Pero la ironía más fina la puso el idioma. El dios murió —o eso dijo la voz sobre el mar—, sus templos se apagaron, sus grutas quedaron vacías; y aun así Pan no desapareció del todo. Sigue vivo en una sola palabra que usamos todos los días para nombrar el miedo que llega sin avisar. Como el pánico de la Guerra de los Mundos que en realidad nunca ocurrió, a veces lo que de verdad perdura de una historia no es el hecho, sino el nombre que le pusimos.

Referencias

  1. Heródoto, Historia, libro VI, 105-106 (el encuentro de Filípides con Pan y el culto ateniense tras Maratón), traducción de Carlos Schrader, Madrid, Gredos (Biblioteca Clásica Gredos), 1979. perseus.tufts.edu
  2. Teócrito, Idilio I («Tirsis»), vv. 15-18 (la prohibición de tocar la siringa al mediodía por temor a Pan), en Bucólicos griegos, traducción de Manuel García Teijeiro y M.ª Teresa Molinos Tejada, Madrid, Gredos, 1986.
  3. Plutarco, Sobre la decadencia de los oráculos (De defectu oraculorum), 17 (419b-e), la muerte del gran dios Pan. penelope.uchicago.edu
  4. Ovidio, Metamorfosis, libro I, vv. 689-712 (Pan y Siringa, el origen de la flauta de cañas), edición de Consuelo Álvarez y Rosa M.ª Iglesias, Madrid, Cátedra, 1995.

¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con de verdad «trabajo» viene de un instrumento de tortura y el origen de la palabra «asesino», o explora toda la serie de etimología.

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