Spam: el primer correo basura de la historia
El 3 de mayo de 1978, un vendedor envió el primer correo masivo no solicitado a 400 personas. Que se llame «spam» es culpa de una lata de jamón.

Todos los días, una parte enorme del correo electrónico que circula por el planeta es basura: ofertas que nadie pidió, príncipes con herencias atascadas, criptomonedas milagrosas. A esa plaga la llamamos spam, y la palabra es tan cotidiana que ya nadie se pregunta lo obvio: ¿por qué el correo basura se llama igual que una lata de jamón? La respuesta involucra a un vendedor demasiado entusiasta en 1978, a un grupo de cómicos ingleses disfrazados de vikingos, y a una de las marcas de comida más famosas del siglo XX. Vamos por partes.
Primero fue la lata
SPAM, el original, nació en 1937: carne de cerdo enlatada de la empresa Hormel, bautizada en un concurso interno (el ganador se llevó cien dólares por la contracción de spiced ham). La Segunda Guerra Mundial la volvió omnipresente: era barata, no necesitaba refrigeración y alimentó a tropas y civiles aliados en todos los frentes — millones de soldados regresaron a casa sin querer ver una lata más en su vida. Para los años 70, en el Reino Unido, SPAM era el símbolo de la comida inescapable: estaba en todas partes, te gustara o no. Guarde ese dato.
Luego, los vikingos cantores
En diciembre de 1970, los Monty Python emitieron un sketch que se volvió leyenda: una pareja baja a un café donde absolutamente todos los platos del menú llevan SPAM — «huevo y spam; huevo, tocino y spam; spam, huevo, salchicha y spam...» — mientras una mesa de vikingos con cascos de cuernos (de los de ópera, no de los de verdad) canta «¡SPAM, SPAM, SPAM!» cada vez más fuerte hasta ahogar cualquier conversación. Esa era exactamente la gracia: algo indeseado, repetido hasta el infinito, que no te deja hablar. La metáfora perfecta estaba lista veinte años antes de que existiera aquello que iba a nombrar.
El 3 de mayo de 1978, a las puertas del paraíso
Y llegamos al pecado original. En 1978, ARPANET —la red precursora de internet— conectaba a unos pocos miles de académicos y militares. Gary Thuerk, un vendedor de la empresa de computadoras DEC, tuvo una idea que le pareció brillante: en vez de avisar uno por uno sobre las presentaciones de su nueva máquina, envió un solo correo a unos 400 destinatarios de la costa oeste — tantos que las direcciones desbordaron el campo del destinatario y se derramaron en el cuerpo del mensaje. El primer correo masivo no solicitado de la historia, despachado desde el corazón mismo de la inocencia de la red.
La reacción fue doble y profética. Por un lado, indignación generalizada: quejas, llamados de atención, un administrador escandalizado declarando que aquello violaba el espíritu de la red. Por el otro —y esto explica los cincuenta años siguientes— funcionó: Thuerk presumió por décadas de haber vendido millones de dólares en equipos gracias a ese único mensaje. El correo basura nació con su castigo y su recompensa bajo el brazo, y la recompensa ganó.
El bautizo tardío
Curiosamente, el mensaje de Thuerk no se llamó spam en su momento — el nombre llegó después, por la puerta de los videojuegos y los foros. En los chats y mundos virtuales de los 80 y 90, los usuarios pesados inundaban la pantalla repitiendo texto sin parar, y alguien con buena memoria lo comparó con el coro vikingo del café: eso era spamear. Cuando en 1994 una pareja de abogados de Arizona empapeló miles de foros de Usenet con publicidad de sus servicios migratorios —el primer spam comercial masivo de la era moderna—, la comunidad ya tenía la palabra lista. De ahí saltó al correo electrónico y al diccionario. Hormel, hay que decirlo, se lo tomó con deportividad: pidió que la carne se escriba SPAM en mayúsculas y la basura en minúsculas, y siguió vendiendo latas — hasta museo propio tiene.
La moraleja es muy de esta casa: las palabras llegan a su destino por caminos absurdos. El correo basura se llama spam porque unos cómicos se burlaron de una lata de jamón de la guerra, ocho años antes de que un vendedor impaciente inventara el problema. En la historia de internet casi todo lo bueno lo construyeron idealistas que regalaban su trabajo — y casi todo lo molesto lo inauguró alguien tratando de venderte algo. El equilibrio, cincuenta años después, sigue idéntico.
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