Bizarro no significa lo que usted cree
Durante siglos, «bizarro» significó valiente y gallardo. Cómo un anglicismo le robó el sentido a una palabra — y cómo la RAE acabó rindiéndose.

Haga la prueba en cualquier sobremesa: pregunte qué significa bizarro. La mayoría dirá «raro», «extraño», «grotesco» — un video bizarro, una situación bizarra. Y durante siglos, en español, la palabra significó exactamente lo contrario de un defecto: valiente, gallardo, espléndido. Un «bizarro capitán» era un militar apuesto y arrojado; Cervantes la usaba como elogio; los partes de guerra del siglo XIX están llenos de «bizarros soldados» que no tenían nada de extravagantes. La historia de cómo esta palabra terminó significando su contrario es una pequeña guerra lingüística de cuatrocientos años — con invasión extranjera, resistencia heroica y rendición final incluidas.
El falso amigo más exitoso del idioma
El culpable es un clásico «falso amigo». El francés y el inglés tienen bizarre, que se escribe casi igual y significa «extraño, estrafalario». Cuando el cine, la prensa y luego internet empezaron a llegar en inglés, los hispanohablantes hicimos lo natural: tradujimos bizarre por bizarro, sin sospechar que estábamos vaciando una palabra propia para rellenarla con mercancía importada. La ironía es que el préstamo es un boomerang: el bizarre francés salió del italiano bizzarro —pariente directo de nuestro bizarro—, cambió de significado en el camino, y volvió a casa siglos después convertido en otra cosa. La palabra emigró, hizo fortuna afuera con otra personalidad, y regresó tan cambiada que su propia familia no la reconoció.
La resistencia y la rendición
Durante décadas, «bizarro» fue la trinchera favorita de los puristas del idioma. El Diccionario panhispánico de dudas lo decía sin anestesia: usar bizarro por «raro» era un error que debía evitarse. Corregir al que decía «qué bizarro» se volvió deporte nacional de los amantes del español. Pero el idioma, ya lo hemos visto en esta serie, no obedece decretos ni etiquetas oficiales: la gente siguió usando bizarro como raro, masivamente, en todo el continente. Y en diciembre de 2022 llegó la noticia que los puristas temían: la RAE actualizó su diccionario y aceptó «raro, extravagante, fuera de lo común» como acepción de bizarro. La invasión fue legalizada. El idioma es una democracia brutal: gana el uso, no la nostalgia.
El secreto que los puristas no cuentan
Pero aquí viene el pliegue que más me gusta de esta historia. Los defensores del bizarro clásico suelen rematar su sermón con una etimología: la palabra vendría del vasco bizarra, «barba» — porque barba era hombría, y hombría era valentía. Es un origen precioso y muy citado. Y probablemente también es falso. Los etimólogos de referencia, con Corominas a la cabeza, se inclinan por el italiano bizzarro, derivado de bizza, «rabieta, arranque de ira»: el bizarro original italiano era el fogoso, el de sangre caliente — de ahí pasó al español como «brioso, gallardo» y al francés como «raro». Es decir: la palabra que usamos para corregir a los demás tiene, ella misma, una biografía llena de malentendidos. El purista que corrige el anglicismo citando la barba vasca está, con toda probabilidad, repitiendo otro mito — y esta serie, como vimos con el tripalium de «trabajo», ya sabe que las etimologías demasiado redondas merecen sospecha.
¿Y ahora qué decimos?
Mi posición es de armisticio. Ya no tiene sentido corregir a quien usa bizarro como raro: lo respalda el uso de cientos de millones de personas y, desde 2022, el diccionario. Pero tampoco hay que dejar morir el sentido viejo, que es más bonito y nos pertenece desde antes: que «bizarro» pueda seguir siendo un piropo — gallardo, generoso, valiente — y no solo una mueca. Las palabras, al final, son como el personaje de cómic que lleva este nombre: Bizarro, el clon imperfecto de Superman que hace todo al revés. Copias de copias que regresan distintas. La gracia no está en expulsarlas, sino en conocer la historia completa — y en estas páginas, esa es precisamente la especialidad de la casa.
¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con serendipia, la palabra que nació en una carta de 1754 y procrastinar, el vicio que ya enfurecía a los romanos, o explora toda la serie de etimología.
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